En marzo os conté que la crisis climática traía de regalo fenómenos meteorológicos extremos mucho más frecuentes y agresivos. En mayo, gran parte de Europa, así como India, Pakistán, Afganistán y otras regiones de Asia, se vieron sumidas en una ola de calor sin precedentes que causó miles de muertes. Más de cien personas fallecieron en España, la mayor cifra desde que hay registros.

El calor sofocante —como el machismo, la homofobia y la transfobia— puede matar, y, de hecho, cada año se cobra más vidas. Cuando pensábamos que había pasado lo peor, a finales del mes pasado Europa fue golpeada con más temperaturas infernales y se batieron nuevos récords. Veremos qué nos depara la época estival.
Un equipo de investigación de la University of British Columbia publicó hace unos meses un artículo en la revista Environmental Research en el que anunciaban algo poco halagüeño: que en la actualidad los veranos duran más que antes. Además, cada año que pasa se alargan más, ya sea porque se adelantan —mirad lo de mayo— o porque los otoños se atrasan.

Es decir, el verano es una estación que va ganando terreno, que se va dilatando en el tiempo, expandiéndose como una mancha de sudor en una camiseta gris, con todo lo que ello conlleva. Ya no es una simple percepción, sino que está comprobado científicamente. Ted Scott, Rachel White y Simon Donner, los autores del artículo, aseveran que entre 1990 y 2023 la extensión media del verano en nuestras latitudes ha aumentado entre 5 y 7 días por década, tanto en zonas de interior como en las costas y a nivel oceánico. Esto significa que en 33 años hemos ganado —si a esto se le puede llamar triunfo— 20 días de verano.

Además del alargamiento veraniego, el análisis de los datos reveló que el comienzo y el fin de la estación son más abruptos, esto es, que las temperaturas cambian de forma más brusca tanto cuando termina la primavera como cuando llega el otoño. Habrá que hacerle un funeral a la chaquetica de entretiempo. Finalmente, los investigadores estudiaron el fenómeno en 10 ciudades de todos los continentes, y vieron que en Sídney, Mineápolis o Toronto el verano se estaba alargando a un ritmo bastante mayor que en urbes como Tokio o Upington, en Sudáfrica. La ciencia lo mismo te fabrica una vacuna que te chiva a qué territorios no deberías mudarte.

Os podría listar cientos de estudios parecidos al que os he mencionado, y no dejan de salir nuevos. Un verano eterno habría sido un bello sueño de infancia, podríamos incluso fantasear con que nos dieran más días de vacaciones en el trabajo para disfrutarlo… pero la realidad es, como dice mi compañero de piso, «un sueño con fiebre». Que el verano se alargue tiene efectos catastróficos en los ecosistemas y la agricultura, ya que perturba los ritmos de vida de animales y plantas, aviva el deshielo de los polos, aumenta el riesgo de inundaciones y, cómo no, afecta negativamente a nuestra salud, sobre todo si no estamos habituadas al calor.

Un señor de Sevilla soporta bastante mejor en sus carnes un aumento de temperatura de 15ºC que un asturiano o un vasco. No me lo he inventado, ¿eh?, son datos del Ministerio de Sanidad. Yo esto ya lo sabía por mi padre, un chicarrón del norte que no se pone jersey ni en enero y que tuvo a bien casarse en los años 70 con una malagueña. Ojalá lo hubierais visto los veranos en el pueblo, rojo txangurro, sudando como un cuto y sufriendo lo inenarrable, mientras que su cuñado, agricultor y oriundo de la comarca del Valle del Guadalhorce, conducía su tractor bajo el sol abrasador y no se le movía ni una pestaña.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #150):

*Fuente de la foto de portada

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