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Especial LAS FLORES


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El otro día escuchaba Sastre y Maldonado mientras recogía la cocina, y una vez más pude comprobar que la gente no tiene ni idea de plantas. Mezclaban y confundían conceptos como tubérculo y hortaliza, tallo y raíz, fruta y verdura… Uno de los pódcasts más populares del momento haciendo gala de su abotanopsia o «ceguera vegetal». Por eso os voy a dar un nano-curso de botánica básica. Al menos quienes nos leéis sabréis qué demonios os estáis metiendo a la boca. Hablo de comida, claro, de lo demás ya no me hago cargo.

Las zanahorias son raíces engrosadas que contienen fibra, carbohidratos y carotenoides (los pigmentos naranjas) (Fuente)

Resumiéndolo muchísimo —pero muchísimo— los vegetales tienen raíces, tallo y hojas. Por las raíces absorben agua y minerales, como nitrógeno, fósforo, potasio, zinc, calcio, hierro… Hay raíces rellenas de carbohidratos que nos sirven de alimento, como la zanahoria, el nabo, la remolacha o el boniato. El órgano que traslada el agua y los minerales desde la raíz hasta las hojas es el tallo. Este también funciona como soporte estructural o como medio de transporte de la glucosa que se obtiene mediante la fotosíntesis a partir del CO2 que se capta de la atmósfera.

La planta del nabo (Brassica rapa subsp. rapa) también tiene una raíz modificada que contiene nutrientes (Fuente)

Ciertos tallos comestibles también crecen bajo tierra, como los tubérculospatata, ñame—, los bulboscebolla, ajo, calçot—, o los rizomas —jengibre—. Por el contrario, otros tallos bien sabrosos, como el cardo o la borraja, son aéreos. Las hojas son generalmente verdes, porque contienen clorofila para hacer la fotosíntesis, y nos comemos las de muchas especies: lechuga, espinaca, rúcula, endivia, albahaca, acelga…

Ilustración de 1915 de la planta de jengibre, Zingiber officinale, en la que se aprecia el rizoma que contiene carbohidratos y sustancias picantes similares a la capsaicina de los pimientos y chiles (Fuente)

Además de estos tres órganos, muchas plantas desarrollan unas estructuras fascinantes llamadas flores, que actúan como órganos reproductores. Os expliqué su funcionamiento en el especial LA PRIMAVERA. ¿Añadís brócoli hervido a vuestros platos como acompañamiento? ¿Qué tal os salió la coliflor el otro día? ¿El sábado pedisteis una rica ración de alcachofas en tempura para que el vermutico no se os subiera a la cabeza? ¿Le echáis azafrán al arroz? ¿Fumáis porros?

Las sustancias psicoactivas de algunas especies de cannabis están en la resina que segregan sus inflorescencias femeninas o cogollos (Fuente)

Si os habéis reconocido en alguna de estas situaciones, sabed que estáis ingiriendo gónadas vegetales. ¿No es maravilloso? De las plantas los andares no, porque no andan, pero también se aprovecha todo, y además son alimentos sanos y su producción no daña tanto el medio ambiente.

A lo largo y ancho del planeta encontraréis flores realmente curiosas, pero para mí la palma se la llevan Amorphophallus titanum y las diferentes especies de Rafflesia. Son plantas distintas, pero poseen características similares. Ambos géneros provienen de las selvas de Indonesia, sus flores son enormes —algunas miden varios metros y pesan hasta 11 kilos—, florecen una vez cada varios años y se marchitan pocas horas o días después.

Una de las llamadas «flor cadáver» es el aro gigante o Amorphophallus titanum, cuya inflorescencia puede medir hasta 3 metros (Fuente)

Se las conoce como “flores cadáver”, porque desprenden un olor pútrido para atraer a insectos polinizadores, que llegan pensando que encontrarán carne muerta en la que depositar sus huevos y acaban convirtiéndose en mamporreros vegetales. ¡Qué listas! Y Rafflesia, que parece un Demogorgon, va aún más allá: ni siquiera tiene tejidos verdes con los que hacer la fotosíntesis porque es una planta parásita.

Rafflesia arnoldii es un tipo de flor cadáver parásita que habita los bosques húmedos de Indonesia y el sudeste asiático y fue descubierta para Europa por Thomas Stamford Raffles y Joseph Arnold, de ahí su nombre científico (originales, ¿eh?) (Fuente)

Es decir, se nutre de lo que producen otras plantas. Reproducirse engañando igual no —aunque vete a saber—, pero vivir del trabajo de otras bien lo saben imitar quienes especulan con la vivienda, que se meten al bolsillo las nóminas de otras currelas mes tras mes. En vez de aprender de la naturaleza para hacer el bien, el Homo sapiens sapiens siempre tiende a lo contrario.


Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #149):

*Fuente de la foto de portada

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