¿Y si te digo que millones de personas viajan en el tiempo cada día? Y lo hacen sin ningún tipo de épica, sin naves espaciales, sin piedras mágicas y sin el DeLorean. Tampoco intervienen seres extraterrestres ni la física cuántica. Todo es fruto de un sistema de división geográfica inventado por el Homo sapiens sapiens.

En marzo viajé a México para visitar a una de mis mejores amigas y mi avión salió de Madrid un miércoles a las 14:00. Llegué al aeropuerto Benito Juárez de CDMX casi 13 horas después, el mismo miércoles a las 20:00. Había viajado 7 horas atrás en el tiempo. Cuando volví a Madrid, tras un imprevisto que hizo que nuestro vuelo saliera a las tres de la mañana —no lo recomiendo—, llegamos a Madrid ese mismo día a las ocho de la tarde. El vuelo duró 10 horas, así que en este caso viajamos 7 horas al futuro. A eso lo llamo yo perder el tiempo.

Todo este follón de perder o ganar tiempo se debe al sistema de husos horarios, es decir, a esos 24 gajos de naranja imaginarios en los que dividimos la Tierra de oeste a este o viceversa y que comprenden 15 grados de longitud geográfica.

A medida que nos desplazamos de un huso a otro ganamos (hacia el este) o perdemos (hacia el oeste) una hora. La “culpa” de que la Tierra se fraccionara de este modo la tienen los trenes y un ingeniero de origen escocés llamado Sandford Fleming.

A finales del S. XIX, el ferrocarril se extendía cada vez más y el caos horario se estaba volviendo insufrible. A raíz de perder un tren en Irlanda porque en el billete marcaba p.m. en vez de a.m., Fleming propuso contar las horas de 1 a 24 —entonces se hacía de 1 a 12, de ahí su confusión con el tren—, y ya que estaba, planteó el sistema de husos horarios que conocemos.

Este toma como referencia el meridiano de Greenwich, cuyo nombre hace alusión al distrito londinense homónimo en el que se encuentra el Real Observatorio de Greenwich.

La propuesta de Fleming se aprobó en 1884, en el Congreso Internacional de Meridianos celebrado en Washington DC. Como ocurre con todos los cambios drásticos, al principio esta medida no fue bien acogida. Pero, con el tiempo, todos los países decidieron adoptarla, sincronizando transportes y todo tipo de transacciones.

Para las personas que se mueven por el Pacífico, las siete horas de diferencia de mi viaje a México son motivo de mofa. Allí la cosa se pone seria de verdad. Al océano más extenso del planeta lo atraviesa de norte a sur la llamada Línea Internacional de Cambio de Fecha, por lo que ir de un lado a otro de la línea supone cambiar completamente de día. Si estás en Asia y cruzas la línea hacia América, viajas al día anterior. ¡Qué horillas sueltas ni qué niño muerto! De un martes vuelves al lunes sin pestañear. Menuda pesadilla.

La línea no es recta, sino que zigzaguea en ciertos puntos para no separar países. Por ejemplo, Kiribati, que tuvo que mover la línea en 1995 porque la mitad del país vivía en un día y la otra mitad en otro. Si aquí nos liamos con “una hora menos en Canarias”, imaginaos el cristo mental que tendrían los kiribatianos.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #148):

*Fuente de la foto de portada

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