Si me conoces, igual me has escuchado decir alguna vez que amo Irlanda. Vale, solo he estado en Dublín tres días (y hace más de una década) y apenas hablé con gente nativa, pero es una nación a la que le tengo especial cariño y con la que siento una cierta cercanía cultural. Quizá por sus verdes paisajes, su clima lluvioso, su idioma antiguo e ininteligible o su música, que es jubilosa y triste al mismo tiempo. O puede que por la violencia que ha salpicado su historia reciente. Y no tan reciente.

Irlanda ha sufrido lo indecible desde la primera invasión normanda, pero sobre todo desde que fue colonizada por Inglaterra. Paradójicamente, uno de los episodios más negros de su historia no lo protagonizó un ejército, sino un microorganismo. Un bichito tragón que originó el mayor movimiento migratorio de la historia de la isla.
Habrá gente que culpará de la tragedia al monocultivo de patata que alimentaba a Irlanda en el siglo XIX, pero yo culparía más bien a la política de plantaciones inglesa, es decir, a su sistema colonial. La corona inglesa les robaba las tierras a los irlandeses y se las daba a los colonos (como hacen los israelíes en Palestina) para que cultivaran trigo.

Este cereal se exportaba en su totalidad a la metrópoli. Mientras tanto, la población nativa cultivaba patata en minúsculas parcelas para sobrevivir. Pero de repente, en 1845, llegó una plaga terrible que diezmó casi todos los cultivos de patata de la isla. ¿El culpable? Un microorganismo llamado Phytophthora infestans causante de la enfermedad conocida como tizón tardío o mildiu de la patata.

Esta enfermedad no dejaba tubérculo con cabeza. La población se moría literalmente de hambre (sí, literalmente, no figuradamente) y los ingleses no se dignaron a repartir su trigo para mitigar la catástrofe. Dejaron morir a cientos de miles de personas. An Gorta Mór, la Gran Hambruna, fue una catástrofe humanitaria causada por un sistema político injusto y la inacción de las autoridades. De qué me suena esto… Ah, sí. Es lo mismo que pasa en Gaza. La historia se repite.
Hoy gracias a la ciencia sabemos que Phytophthora infectans llegó desde México a Bélgica en algún barco que transportaba semillas o tubérculos infectados, y que desde ahí se extendió como la pólvora por Europa. Era una cepa muy voraz, y la humedad y las temperaturas frescas de las latitudes medias y septentrionales del continente facilitaron su proliferación. Su nombre significa “destructor de plantas” en latín. Yo le habría llamado el “Atila de las papitas”.

En 2009 se secuenció el genoma completo de este oomiceto, que no es ni hongo ni bacteria, sino otra cosa, y se vio que era larguísimo. Medía el doble que el de sus primos cercanos, lo cual le confería la capacidad de mutar con bastante facilidad. Como vimos en El Lamonatorio del mes pasado, algunas mutaciones no generan cambios en el organismo y otras sí. A este mal bicho le otorgaron una capacidad de infección estratosférica. Cuando las pobres granjeras irlandesas detectaban manchas marrones irregulares y de aspecto húmedo en las hojas de la planta de patata, ya no había nada que hacer. Bye papita.

Estas lesiones eran señal de que las esporas de Phytophthora ya habían germinado. Alertaban de que el microorganismo estaba instalado y reproduciéndose bien a gustico en las células de la planta. Una vez germinadas, las esporas de Phytophthora crean estructuras que les ayudan a drenar los nutrientes de las células vegetales. Son como vampiros microscópicos. A su vez, segregan compuestos para bloquear el sistema de defensa de la planta. Sí, las plantas también tienen una especie de sistema inmune para protegerse de infecciones, qué os creíais. Con el tiempo, las células vegetales se van muriendo, una tras otra, y la planta se pudre. Aunque los tubérculos (los tallos engrosados que nos comemos) se encuentren enterrados no se habrán salvado, pues Phytophthora ya habrá viajado desde las hojas hasta las raíces por los vasos comunicantes de la planta. Un drama.

La Gran Hambruna obligó al pueblo irlandés a abandonar la isla para sobrevivir. Morir de hambre nunca ha entrado en los planes de ningún ser vivo en este planeta. Durante aquellos años salieron de Irlanda alrededor de un millón de personas, afincándose mayoritariamente en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos. Un microbio insaciable es la razón por la que el país norteamericano ahora gobernado por un ganchito celebre el Día de San Patricio con grandes desfiles y tiñendo ríos de color verde. Kennedy, Reagan, Fitzgerald, Presley, Biden, O’Connor, Gallagher, Morrison… Son solo algunos de los apellidos que dejó la isla en el país de las barras y las estrellas. Seguro que te suenan.

La próxima vez que escuches “Smells like a teen spirit”, “Love me tender”, “Ring of fire”, “Girls just want to have fun”, “Born in the USA”, y sí, “All I want for Christmas is you”, recuerda: probablemente existan gracias a un microbio glotón con una predilección por las patatas. Que ahora que caigo, bien podría ser yo, excepto por lo de microbio.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #135):

*Fuente de la foto de portada
**También hablo de Phytophthora infestans y de la huella que dejó en el acervo cultural de Estados Unidos en este texto que escribí para Principia Magazine.

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