Anteayer fui a ver la secuela de Blade Runner a los cines Phenomena de Barcelona y no me decepcionó lo más mínimo. Casi tres horas de metraje que se me hicieron cortas y me dejaron con una sensación de ensimismamiento que hacía tiempo que no sentía al salir del cine. La ciencia ficción es una proyección de la ciencia real y en ese sentido el filme muestra infinidad de cuestiones a las que los humanos nos tendremos que enfrentar en un futuro no tan lejano. En Blade Runner 2049 Ryan Gosling interpreta a K, un detective del departamento de policía de Los Angeles que se dedica a buscar y “retirar” androides que se han revelado contra la humanidad y han decidido dejar de ser esclavos. Estos androides se conocen como replicantes y son una especie de robots de aspecto íntegramente humano, generalmente sin demasiados sentimientos ni ambiciones. El mismo K es un replicante. En la primera película Harrison Ford realizaba la misma labor que K, pues en el hipotético Los Ángeles de 2019 una facción de los replicantes ya se había convertido en sediciosa y violenta. No quiero desvelar la trama porque no es mi intención hacer spoilers, sino hablar de algo que no me podía quitar de la cabeza al terminar la película – y, para qué mentiros, también le estuve dando vueltas al asunto durante todo el filme –.
Como ya sabéis me interesan mucho las plantas. Científicamente me parecen apasionantes pero es que además son imprescindibles para que nuestra especie pueda sobrevivir. La película transcurre en un Estados Unidos completamente distópico. Trata temas habituales en los relatos de ciencia ficción como el avance de la tecnología, los robots, la genética o la realidad virtual, pero también nos muestra problemas actuales como la superpoblación y el daño al medioambiente. Las Vegas se nos presenta como una ciudad fantasma que tuvo que ser abandonada probablemente a causa de un ataque o accidente nuclear. Una presa gigante rodea la ciudad de Los Ángeles porque el nivel del mar sobrepasa ya a la megalópolis californiana. Llueve demasiado para ser una región con clima mediterráneo y, para nuestra sorpresa, también nieva con ganas. Pero lo más espeluznante de todo es que en Blade Runner 2049 no hay plantas vivas. El agente K mira con estupefacción una flor marchita junto a un gran árbol muerto en las primeras escenas de la película. También se queda absorto oliendo la sopa de ajo que está preparando un granjero replicante. Al parecer la contaminación ha acabado con la agricultura y en los créditos iniciales se habla de cómo las grandes corporaciones controlan la producción de vegetales sintéticos que lógicamente no son asequibles para el pueblo llano. La humanidad se alimenta principalmente de insectos que se cultivan en granjas. Esto no dista mucho de lo que puede llegar a ocurrir si no dejamos que la ciencia busque soluciones a la contaminación de los suelos y las aguas y al bajo rendimiento de los cultivos. Y todo ello pasa por la reducción de la ingesta de carne natural – porque pronto habrá carne artificial en el mercado – y la mejora de los cultivares transgénicos – lo siento, Greenpeace –.

En el universo de Blade Runner 2049 las plantas son protagonistas sin quererlo. La madera, uno de los recursos más preciados que extraemos de las plantas, se muestra en la película como un lujo al alcance de unos pocos, como un milagro de la naturaleza. El caballo de madera que encuentra K en el orfanato fascina a todos los que lo ven. El magnate Wallace, interpretado por Jared Leto, posee una deslumbrante oficina hecha con madera, lo que deja entrever su posición social, su riqueza y su poder. La madera en sí misma tiene señorío, fuerza, no en vano es un material biológico duro, flexible y aislante. Se compone de celulosa en un 50%, de lignina en un 25% y de hemicelulosa en otro 25%. La celulosa es un azúcar de cadena larga que está presente en todas las paredes celulares vegetales y tiene función estructural. Es una especie de esqueleto que da soporte a la planta. Cuando las células van a lignificarse, es decir, a convertirse en madera, se van sustituyendo moléculas de azúcar y agua de la pared celular por lignina que actúa como cemento uniendo las fibras de celulosa.

Estos cambios bioquímicos se dan en el tallo de la planta a lo largo de los años, hasta convertir una hierbecilla en un majestuoso árbol. Para que una planta leñosa pueda llegar a lignificarse tienen que darse las condiciones perfectas. Desafortunadamente, en el distópico mundo de Blade Runner 2049 no hay semilla que germine con tanta polución, así que probablemente pocos vegetales lleguen de forma natural a su estado adulto.
En este sentido, la trama tiene un fallo importante ya que si la madera es tan cara y escasa no se comprende cómo Gaff – al que vuelve a dar vida el mítico Edward James Olmos – sigue fabricando sus animales de origami. Pero bueno, nadie es perfecto, al menos los humanos no lo somos ni por asomo y dudo que los creadores de Blade Runner 2049 sean replicantes. ¿O puede que sí lo sean? Hagamos a Denis Villeneuve la prueba de Voigt-Kampff para salir de dudas.

*En la foto de portada se ven muebles fabricados con madera de un mundo lejano.

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