A finales de los 90, antes de que existiera YouTube, se hizo viral un vídeo de lo más curioso. El metraje mostraba una escena que parecía sacada de un sketch de Mr. Bean: un septuagenario inglés vestido de explorador se escondía tras un árbol y observaba, con gran entusiasmo, un ave marrón grisácea del tamaño de un faisán que caminaba altanera por un bosque tropical.

Mientras la voz en off del señor narraba los acontecimientos, el ave desplegaba su cola, conformada por varias plumas alargadas que recordaban a las del pavo real —aunque mucho más modestas— y comenzaba un festival sonoro con imitaciones al canto de otras aves o al sonido emitido por el disparador de una cámara fotográfica, la alarma de un coche o una motosierra. La exactitud con que reproducía aquellos sonidos mecánicos era asombrosa, hasta el punto de parecer grabaciones reales. El señor británico era Sir David Attenborough, el pájaro era un ave lira soberbia (Menura novaehollandiae), una especie endémica del sudeste de Australia, y la secuencia pertenecía a la serie documental La vida de las aves, una de las tantas que ha dirigido el naturalista para la BBC.

Attenborough, que esta primavera ha cumplido 99 años y que cuando en 2020 se abrió un perfil de Instagram sumó 1 millón de seguidores en 5 horas —chupaos esa, Kardashians—, es el divulgador del mundo natural más célebre y respetado, y le debemos verdaderas joyas audiovisuales. Esta servidora siente auténtica devoción por él. Pero el rigor científico siempre es lo primero, así que debo señalar que en este vídeo se pasa un poco de apasionado.

Attenborough, que por cierto es hermano del gerente de Parque Jurásico, afirma que el ave lira imita “los sonidos que escucha en el bosque”, dando a entender que estas aves son capaces de reproducir sonidos humanos que han podido escuchar ocasionalmente en su hábitat natural.

Lo que no cuenta es que dos de las tres aves lira que figuran en el documental habían estado en cautividad; es decir, que su proceso de aprendizaje se había visto influido por su proximidad a la especie humana y a su tecnología. Que estas aves imiten tan fielmente —en serio, ved el vídeo— artilugios humanos por haber estado en contacto con ellos en cautividad debería ser motivo suficiente para que nos explote la cabeza. Pero como bien sabemos, el sensacionalismo vende, así que mi adorado David decidió, mal que nos pese, sacrificar la veracidad por la viralidad cuando esta aún no se había ni inventado.

Probablemente esto que os acabo de contar os parecerá una chorrada y pensaréis que no es para tanto, que el hombre tan solo se tomó ciertas licencias para enriquecer el guion y proporcionarle más épica al asunto. No estoy para nada de acuerdo. La divulgación científica debe ser, ante todo, rigurosa. ¿Antes que emocionante, divertida y fácil de digerir? Así es. Porque se empieza por contar que un ave totalmente salvaje es capaz de imitar a una motosierra a la perfección y se acaba diciendo que el plástico o los pesticidas en realidad no son tan contaminantes, que los residuos nucleares no suponen ningún problema ambiental o que una copita de vino al día es buena para la salud. Intentemos no desviarnos del camino, porque andar por el borde del precipicio es más peligroso de lo que parece y basta un paso en falso para convertir el entretenimiento —o los propios sesgos— en desinformación.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #143):

*Fuente de la foto de portada

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