Por mucho que algunas personas se empeñen en repetir que la ciencia no tiene ideología, a estas alturas de El Lamonatorio —y ya son unas cuantas— ya sabréis que el conocimiento científico puede emplearse para lograr fines nobles y no tan nobles. Puede usarse, por ejemplo, para eliminar el cáncer de mi madre gracias a una cirugía mínimamente invasiva y un tratamiento de radioterapia (gracias, sanidad pública, gracias Marie Curie).

Y por otro lado, hay quien lo utiliza para torturar y asesinar de forma sistemática a poblaciones enteras. Por desgracia, hay cientos de ejemplos en la historia que evidencian la curiosa costumbre humana de mezclar ciencia con política. Si después de 2 años viendo a diario cómo se echa mano de la tecnología más puntera para cometer un genocidio sigues erre que erre con la dichosa frasecita, apaga y vámonos.

Hace casi 160 años, un constructor sueco llamado Alfred Nobel desarrolló la dinamita para reducir el arduo trabajo manual en túneles y minas. Pero el bienintencionado invento acabó sirviendo para hacer el mal. En 1870 la dinamita se empleó para crear la primera bomba de la historia en la Guerra Franco-Alemana. Nobel sabía lo que estaban haciendo con su creación e incluso fabricó algunos cohetes, pero después le vio las orejas al lobo y se puso en modo Peace & Love. ¿Por qué pensabais que creó los famosos premios y más concretamente el Nobel de la Paz?

El señor no tenía la conciencia muy tranquila. De mezclar compuestos químicos pasamos a jugar con la estructura atómica y llegamos a las armas nucleares. Oppenheimer también sintió remordimientos tras concebir la bomba atómica, otro avance científico que acabó con cientos de miles de vidas humanas.

Antiguamente, para que los explosivos cumplieran su misión había que transportarlos, lanzarlos, colocarlos. Había personas que arriesgaban su vida estando ahí. Con el tiempo, la tecnología ha permitido reducir el tamaño de las bombas y controlarlas a distancia. Hoy los vehículos aéreos de combate no tripulados, a. k. a. drones, son los reyes de la guerra. Pueden vigilar el terreno, enloquecer con su zumbido a la población asediada, lanzar explosivos o ser la bomba en sí y estallar cuando alcanzan su objetivo. A estos últimos se les llama drones kamikaze.

En las guerras modernas los soldados son frikis que juegan a un videojuego a miles de kilómetros del terreno, terminan la partida y se van a cenar con su familia tras reventar bebés, periodistas o médicos en campos de refugiados. El marketing militar habla de eficiencia, precisión y diseño aerodinámico. Como si los drones asesinos fueran aspiradoras equipadas con la funcionalidad extra de borrar aldeas enteras.

Ya sabéis que a mí la ciencia me pone muchísimo y que me encanta hablar de sus bondades, pero si tengo que tirar piedras sobre mi tejado porque el tema lo merece, lo hago y punto. Los drones de combate no existirían sin la investigación científica. Aunque claro, también es cierto que esos robots del infierno no reventarían personas sin el entramado internacional que los financia, los comercializa y los transporta. La ciencia pone la chispa, pero la política es la que prende la mecha.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #142):

*Fuente de la foto de portada

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