Ayer me levanté con gastroenteritis y no he podido ingerir alimentos hasta esta mañana. Zamparse media tostada después de estar 30 horas sin comer puede parecer poco, pero para mí ha sido un logro que no saliera a los dos minutos por donde había entrado (o por el orificio de más abajo). Me vendría de perlas hablar sobre la ciencia de las infecciones digestivas en este especial, pero el tema del mes queda bastante alejado. Nunca tengo suerte con estas cosas.

Cuando se propuso “Grecolatino” para este número, lo primero que me vino a la cabeza no fueron Euclides y la geometría, la escuela peripatética de Aristotéles, el Principio de Arquímedes, Hipócrates y la medicina o Pitágoras y su teorema, sino una mujer. ¡Una mujer! Con el montón de hombres sabios y excepcionales que apuntalaron los cimientos de la ciencia moderna en el periodo grecolatino y a mí se me ocurre hablar de una mujer. Pues así son las cosas. Y debo confesar, para mi vergüenza, que a lo mejor no serían así si Amenábar no hubiera estrenado “Ágora” en 2009. Para que luego digan que el cine no es cultura.

En su quinta película, el director madrileño narró la vida de Hipatia de Alejandría, una mujer inteligentísima que rompió todos los moldes de su época y una de las primeras científicas de la que tenemos constancia. No quedan registros directos de su trabajo, pero sabemos de ella a través de las cartas de su discípulo Sinesio (la tía tenía varios discípulos) y de historiadores y filósofos como Sócrates Escolástico y Dámaso.

(Fuente)
Hipatia nació en Alejandría, actual Egipto, a mediados del siglo IV, en una época geopolíticamente muy convulsa. Era hija de un gran astrónomo y matemático, Teón, director de la famosa biblioteca de la ciudad y editor de textos clásicos, como los “Elementos” de Euclides o el “Almagesto” de Ptolomeo.

(Fuente)
Teón era muy moderno, un erudito que valoraba el conocimiento sobre todas las cosas, incluso sobre los roles de género. Animó a su hija a que se sumergiera en la búsqueda del saber, a que continuara su legado.

Trabajaron juntos durante toda la vida. En un tiempo sin imprenta y sin Internet, la preservación, la interpretación y la transmisión del conocimiento era una tarea fundamental a la que solo podía acceder una pequeña élite. Había que clasificar, revisar, comentar… Eso es lo que hicieron Hipatia y su padre: comentar textos sobre geometría, astronomía o álgebra de grandes científicos griegos para facilitar su comprensión y transmitir el conocimiento a sus alumnos. Además de divulgar el trabajo de otros, Hipatia cartografió cuerpos celestes, perfeccionó el astrolabio plano, usado por los navegantes para determinar la posición de las estrellas, e inventó artilugios precursores de otros posteriores.

Hipatia fue asesinada cruelmente por una turba de fundamentalistas cristianos, pero no hay un consenso claro sobre el motivo: temas estratégicos y políticos (rollo “Succession”), fanatismo religioso, machismo… El cristianismo copto era muy radical y a Hipatia se la consideraba pagana, pero también existían muchas tensiones políticas y ella, que era rica, influyente, científica y mujer, estaba en el epicentro de todo aquello. Quizá solo estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Sea como fuere, el legado de Hipatia es enorme. No solo en la ciencia, también en la filosofía, las artes o el feminismo. Llevan su nombre un asteroide, un cráter lunar (como nos cuenta el libro “Las mujeres de la luna”), un sistema de canales en dicho satélite y unos premios muy prestigiosos. También ha aparecido en infinidad de obras literarias, incluida una aventura de Corto Maltés. Llegadas a este punto, la verdad es que me ha gustado mucho más escribir sobre Hipatia de Alejandría que sobre un virus intestinal. Ya hablaré de náuseas, cacas y vómitos cuando toque el especial cryptobros.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #132):

*Fuente de la foto de portada

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