Barbra Streisand, Dustin Hoffman, Adam Sandler, Mayim Bialik, Adrien Brody… Sus narices no son precisamente pequeñas y todos son de ascendencia judía. Entonces, los judíos tienen la nariz grande, ¿verdad? Sí, cómo no. Porque es bien sabido que en genética un rasgo característico de una treintena de cineastas e intérpretes de Hollywood define a toooodo un grupo étnico humano. Pues no, no hay ningún estudio genético que demuestre que la nariz larga o aguileña sea un rasgo característico del pueblo judío, y es tan frecuente entre el llamado pueblo de Moisés como entre las demás gentes del Mediterráneo o los habitantes de la zona de Bavaria. Mirad Antonio Carmona, el de Ketama, que de judío no tiene un pelo. De la nariz.

La nariz es un órgano que los humanos necesitamos para vivir –bueno, excepto Michael Jackson, madre mía qué estropicio– ya que forma parte del sistema respiratorio, ese que permite que captemos oxígeno del aire para generar energía y que nuestras células funcionen. También nos brinda un sentido maravilloso: el olfato. En realidad es maravilloso cuando las cosas huelen bien, para qué engañarnos. A mí en el metro por las mañanas me gustaría perder el olfato y desmayarme para no sentir ciertos aromas. ¿Sabíais que hay personas que no pueden oler, ni siquiera un poquito? La incapacidad de percibir olores se llama anosmia. Es un trastorno raro que afecta a las neuronas sensoriales olfativas, situadas en la parte superior de la nariz. Estas células detectan las distintas moléculas que penetran por la cavidad nasal y mandan directamente la información a las neuronas cerebrales que la procesan, identificando qué estamos oliendo.

Pero los olores no sólo llegan a las neuronas olfativas por la nariz. Cuando comemos o bebemos las moléculas liberadas por los alimentos o bebidas pasan por un canal que conecta el techo de la garganta con la nariz. Así disfrutamos enormemente cuando nos zampamos una pizza o un garrotico de Beatriz. Si este canal se bloquea (si la nariz está congestionada por un resfriado, por ejemplo) los olores no pueden llegar a las células sensoriales y estimularlas. Por eso cuando tenemos catarro la comida no nos sabe a nada. ¿A que es un auténtico fastidio que nos toque sidrería justo un día que tenemos la nariz taponada? Comer chuletón y no saborear nada. Eso sí que es una tortura. La pérdida del olfato se acelera con la edad, pero también hay otros factores que pueden desencadenarla: el fumeque (sí, I’m sorry), la sinusitis, pólipos, alteraciones hormonales, problemas dentales, la radioterapia, algunos medicamentos, la exposición a ciertos productos químicos y lesiones cerebrales.
La nariz y la estética siempre han ido ligadas, pues se trata de una protuberancia que le da mucha personalidad al rostro.
Se calcula que en España se realizan unas 20.000 rinoplastias al año. Las narices con presencia están mal consideradas según los estúpidos cánones de belleza actuales, sobre todo en las mujeres. Todas sabemos con qué ser místico comparan a las mujeres de narices prominentes.
Sea como sea vuestra napia (un botón, puntiaguda, ancha…) acordaos de que ese peculiar montículo no es más que la carcasa del orificio que nos permite seguir vivos. Ya veréis como comenzáis a miraros al espejo de otra manera.
Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #75)


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