Las violetas son azules… ¿Os acordáis de este poema tan cursi que aparece en todas las pelis y series estadounidenses que tratan el día de San Valentín? Me da repelús sólo de recordar la de telebasura empalagosa que me he tragado. Pues bien, eso de que las rosas son rojas no es una verdad absoluta. Rosas hay de todos los colores: rojas, rosas, amarillas, naranjas, blancas, azules, negras… Seguramente algunas de esas tonalidades no os parezcan del todo naturales y razón no os falta. Pero, antes de entrar en este asunto, ¿me sabríais decir por qué las flores son de distintos colores?

Las flores, como ya expliqué en mi artículo sobre la primavera, son los órganos reproductores de las plantas. En ellas se producen las células sexuales vegetales (polen y óvulos) y se da la fecundación, que da paso al fruto y la semilla. Pero las flores también cumplen otra misión muy importante: atraer a los polinizadores. Como las plantas son sésiles, es decir, no pueden moverse para reproducirse, necesitan a alguien que les haga el «trabajo sucio». Y es ahí donde entran los insectos, aves o mamíferos. Estos animales acuden a las flores cual zombis salidos de The Walking Dead, atraídos por el color, olor y sustancias ricas en nutrientes que poseen. Una vez ahí se impregnan de polen y al cambiar de flor lo transportan y favorecen el intercambio sexual vegetal. Algunos colores llaman la atención de unos polinizadores en concreto pero para otros pasan desapercibidos, pues las especies detectan diferentes longitudes de onda, esto es, ven diferentes colores.

Ahora ya sabéis cuál es el objetivo de que las flores posean distintos colores, formas y fragancias, pero seguís sin tener ni idea de cómo demonios llegan a presentar una paleta tan variada. Es muy sencillo: gracias a los llamados pigmentos vegetales. Hace tiempo os conté que la clorofila era la molécula que daba el color verde a los tejidos de las plantas. En aquel post también os expliqué que, a pesar de que la mayoría del tiempo permanezcan ocultos, las plantas fabrican otra clase de pigmentos que les aportan un abanico de tonalidades más cálido: amarillos, naranjas, rosas, rojos… esto es debido a los carotenoides y los flavonoides. Los carotenoides, que incluyen a las xantofilas, son moléculas liposolubles, es decir, no pueden disolverse en agua, por lo que se suelen colocar dentro de las células asociadas a otras estructuras. Proporcionan a los tejidos colores como el rojo, naranja o amarillo. Los flavonoides, por otro lado, son un conjunto muy diverso de compuestos vegetales. Los que tienen un papel en la aparición del color de los pétalos son las famosas antocianinas. Estas moleculillas otorgan coloraciones que van desde el rojo más intenso hasta el azul, pasando por el púrpura, el rosa, el granate o el violeta.


Supongo que después de leer estas líneas miraréis a las flores con otros ojos. Eso es lo maravilloso de la ciencia. Como decía el gran físico y divulgador Richard Feynman, la belleza no está sólo en la dimensión que capta nuestra vista, sino que se puede ir más allá, hacia las estructuras interiores, sumándole misterio e interés a las cosas.
*Imagen de portada: Pixabay.

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